De Papiros y Pirámides

Probablemente quien se guíe por el título de esta reflexión pronto se dará cuenta que poco tiene que ver esto con un relato sobre algún descubrimiento arqueológico en las tierras bañadas por el Nilo. Está más en relación con la deontología, con las ganas de sacar a flote algún proyecto o con la necesidad de tener que vender algo, por ridículo que parezca.
En el mundo de la arqueología hay frases que han pasado a la Historia por ser reveladoras de un gran acontecimiento, un gran hallazgo. Todo el que esté relacionado con el micro mundo que envuelve a la arqueología conocerá de sobra la exclamación de Sir Howard Carter cuando miró por una griega lo que había al otro lado de una puerta sellada miles de años atrás. Conforme han ido pasando los lustros y décadas el calado mediático de los descubrimientos arqueológicos ha tenido que dar una vuelta más de tuerca en su anuncio si se quería hacer hueco en la más candente actualidad.

Es extraño encontrar el anuncio de un descubrimiento o un hallazgo sin epítetos como “la nueva Troya”, “el asentamiento humanos más antiguo de Europa” o “hemos encontrado la clave de la evolución humana”. En muchas ocasiones esto nace de la necesidad del periodista en querer arrancar al arqueólogo de turno el titular más rimbombante y en otras muchas ocasiones nace de la necesidad de querer alcanzar la mayor proyección mediática por parte del equipo científico. Este mayor alcance en muchas ocasiones supone la diferencia entre seguir investigando o no, encontrar una financiación o cerrar un proyecto que ha costado sudor, lágrimas y muchas veces sangre. Pero, ¿todo vale? ¿dónde está el límite?
En los últimos meses hemos encontrado dos casos que parecen cruzar ciertas líneas rojas que no deberíamos pisar, dos casos que han jugado con dos temas muy propicios al amarillismo y a la repercusión mediática: pirámides y el nombre de Jesús.
Por un lado encontramos el caso de una investigadora estadounidense que anunció a bombo y platillo haber localizado un pasaje de la vida de Jesús en un papiro copto. Pero no solo se conformó con la presencia del personaje en el documento, sino que además decía confirmar que Jesús estuvo casado y con hijos. Desde luego el argumento expuesto se prestó a una proyección de primer orden, obligando incluso a que entidades del propio Vaticano tuviesen que manifestarse de forma escéptica (bueno, de qué otra forma se iban a manifestar…). Evidentemente el bombo fue tal que acabó volviéndose en su contra puesto que obligó al pronunciamiento de reputadísimos paleógrafos y especialistas en la Biblia desmintiendo y tirando por tierra la teoría de esta investigadora.
El segundo caso hace mención al hallazgo de una pirámide en el centro de Italia, pero no una como el monumento de Cayo Cestio en Roma, sino una pirámide etrusca de uso y utilidad enigmáticas. Ya se pueden hacer cargo, no solo de la repercusión, sino de la cara de estupefacción de los especialistas en etruscología. 
Evidentemente he propuesto dos casos realmente extremos, donde hablando de forma coloquial, se pasaron de frenada en el anuncio de sus hallazgo. En muchas ocasiones anunciar un descubrimiento arqueológico se convierte en todo un arma de doble filo, y en esta competición desaforada de querer anunciar “quién lo tiene más grande” podemos caer fácilmente en el descrédito y el engaño. La contrastación del hallazgo y su profundo estudio no debe estar nunca por debajo de un anuncio rimbombante, por muy tentador que sea hallar un pirámide en el centro de Italia o revelar la vida secreta de Jesús.
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