Escarbar y Excavar

Hace unos días nos hicimos eco de una noticia acerca del expolio de un yacimiento identificado por el “escarbador” en cuestión con una pirámide ibérica en Cuenca. En nuestra reflexión tratábamos de criticar este acto de expolio, especialmente cuando desde los medios que recogían la noticia trataban de adornarlo con cierto romanticismo decimonónico.

Nuestra sorpresa vino ante el animado debate que se produjo en las redes social, de forma especial en Facebook, donde hubo una defensa a ultranza del expolio realizado por el protagonista de la noticia. Debemos reconocer que esto nos cogió con la guardia baja puesto que dimos por supuesto que todos sabrían reconocer el delito y que tal vez la discusión podría discurrir por la más que polémica interpretación de los restos expoliados. Desde luego todo esto nos ha llevado a reflexionar de nuevo sobre el tema y tratar donde puede estar el origen del problema, que como podréis imaginar nos parece realmente alarmante a la par que preocupante.

expolio_cuenca

La defensa del expoliador venía a poner sobre la mesa varios temas que o puntos de vista que no debemos dejar pasar desapercibidos:

  • sin el acto de expolio el yacimiento arqueológico estaría en el olvido y su acto obligará a que la administración se vuelque en su puesta en valor;
  • los arqueólogos llegan a un yacimiento con el bulldozer y lo acaban arruinando todo;
  • los arqueólogo y la administración nos ocultan datos y deberían poner con luz y taquígrafos la ubicación exacta de cada uno de los yacimientos.

Sobre estos tres ejes y algunas derivadas se movió el animado debate que dejó claro un panorama realmente preocupante: los profesionales en Patrimonio no hemos sabido transmitir a la sociedad con suficiente claridad qué es un yacimiento arqueológico, cómo es el proceso de trabajo en arqueología y de qué depende su protección y puesta en valor. Podemos buscar cómplices en nuestra falta de claridad a la hora transmitir estos mensajes, pero desde luego debemos transmitir con claridad y absoluta transparencia nuestro trabajo.

Empecemos por lo fundamental: un yacimiento arqueológico es un bien patrimonial que ha estado encapsulado bajo tierra desde su destrucción o abandono. La protección que le da el terreno es la que ha propiciado su estabilidad a lo largo del tiempo, de modo que en el momento que retiremos esa protección se iniciará un nuevo proceso de destrucción y deterioro. De ahí que siempre de forma paralela a un proyecto de excavación deba haber un proyecto de consolidación y protección del yacimiento arqueológico. Como os podéis imaginar esto resulta realmente encarecedor puesto que no solo hay que proteger las estructuras sino ademas las piezas que aparecen. Todo esto motiva que aun sabiendo la ubicación de determinados yacimientos arqueológicos, un municipio no pueda plantearse un proyecto de este tipo puesto que supone un desembolso económico realmente importante. De ahí la determinación que nos lleva a muchos profesionales a afirmar con rotundidad que un yacimiento del modo que está mejor protegido es bajo tierra.

trabajoarqueológico

Os puedo asegurar que no hay nada más apasionante para un arqueólogo que descubrir un yacimiento y poder excavarlo, pero siempre hemos de ser responsables y debemos de anteponer a la pasión la responsabilidad por proteger aquello que ha soportado el paso de los siglos bajo tierra. En apenas pocas décadas la incorporación de nuevas tecnologías al trabajo en Patrimonio ha permitido poder estudiar yacimientos arqueológicos de enorme extensión sin necesidad de llevar a cabo una excavación tradicional, por lo que hemos de confiar en el futuro y el modo en el que evolucionarán los medios para poder ir recuperando enclaves patrimoniales sin someterlos al traumático proceso de una excavación.

Y aquí llegamos a la segunda de las cuestiones: ¿por qué hablamos de una excavación como un proceso traumático? Porque la excavación en si es destrucción, eliminación de las capas de tierra y piedra (estratos) que sepultan el yacimiento arqueológico hasta dejar a la vista aquello que los arqueólogos han interpretado como momento de la vida en esa ciudad, villa o asentamiento. Imaginad una ciudad con siglos de vidas a sus espaldas, generaciones que han habitado en sus casas y que han modificado sus hogares una y otra vez. Muros que pertenecen a la casa en la que se criaron los padres y los nietos derriban o aprovechan parcialmente para hacer la casa aun más grande o acabarla transformando en un corral. El arqueólogo determina en ese proceso de excavación qué casa quiere conservar, qué muros deben permanecer y que momento constructivo debe quedar en pie para que el visitante pueda comprender de la forma más sencilla posible donde habitaron sus antepasados. Todo este proceso lleva tras de si una destrucción que es minuciosamente documentada, hasta tal punto que si quisiéramos volver a recuperar esas estructuras eliminadas pudiésemos recuperarlos sin problemas alguno.

castillo_portilla

Imagen de castillodeportilla.com

Como os podéis imaginar el expoliador no piensa en la sociedad, no piensa todo lo que guardan esos muros sino en el afán por descubrir, encontrar y atesorar. La inocencia del expoliador “bienintencionado” no cuenta con la experiencia acumulada por generaciones de arqueólogos, décadas de estudio y perfeccionamiento de técnicas más que contrastadas empíricamente. De ahí que el expolio, lo haga quien lo haga, sea un atentado contra el Patrimonio, contra nuestro legado y contra su recuperación.

Y aquí llegamos a la tercera de las cuestiones. La necesidad de transmitir con total claridad no solo el proceso de trabajo llevado a cabo en un yacimiento arqueológico, sino el esfuerzo que supone para un municipio y para la sociedad la puesta en valor de un solo yacimiento arqueológico.

En la actualidad existen algunos proyecto arqueológicos que a través de su activa aparición en Redes Sociales y su participación en múltiples foros, tanto del ámbito más puramente científico como en el más divulgativo están marcando un más que interesante camino a seguir. Un proyecto que parece haber marcado todo una tendencia en este sentido es el de Los Bañales. En sus perfiles de Redes Sociales nos muestran el día a día en la excavación, toda su actividad divulgativa y lo que es más importante, la implicación de la sociedad con ese proyecto. Esa implicación no nace de forma espontánea sino a través de la comunicación en todo tipo de foros de los resultados. La impresión que tiene cualquiera cuando se acerca al proyecto de Los Bañales es que hay una ilusión inmediata por querer transmitir lo que se hace, por devolver a la sociedad todo aquello que se extrae del yacimiento, tanto de modo material como inmaterial.

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Imagen de Los Bañales

Es fundamental salir de la caverna en la que han habitado durante décadas investigadores y arqueólogos, en la que los resultados no veían la luz del día y quedaban restringido a círculos exclusivamente científicos. Solo así podemos hacer entender la importancia y esfuerzo que supone un proyecto de excavación y puesta en valor, porque estos dos conceptos jamás debería separarse. Solo a través de esta forma de comunicar, huyendo del titular grandilocuente y dejando terrenos en la penumbra abonados a estrambóticas teorías podremos ahondar en la toma de conciencia necesaria para que un expoliador no sea visto como un héroe.

Con esta magnífica premisa intentaremos ir mostrando proyectos arqueológicos que han sido un completo éxito o muchos otros que han acabado suponiendo todo desastre, causando daños irreparables al Patrimonio. Porque del mismo modo que todos los municipios de nuestro territorio no pueden tener una universidad, un aeropuerto o un centro de tecnificación deportiva, tampoco resulta crucial que exista un parque arqueológico. La recuperación de nuestra Historia no pasa por la recuperación del yacimiento local.

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