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Historia Ficción

Desde hace semanas, meses y algún año desde distintas web, blogs y perfiles en redes sociales de carácter divulgativo se expresa con amargura un problema que subyace desde hace tiempo: la confusión del lector o lectora al relacionar Historia con lo que se encuentra en una novela histórica.

Cuando decidimos poner punto y a parte a este blog de opinión el panorama en internet era realmente distinto al que se puede «disfrutar» ahora. Y es que algo se veía venir: opiniones sin fundamento que se veían avaladas por legiones de seguidores del Canal Historia o argumentaciones sustentadas por un simple «porque lo he visto en internet». La lucha contra la falta de argumentos sustentados por un estudio contrastado o una lectura crítica, resultaba realmente agotadora. Muchas webs, blogs de opinión que entonces luchaban en esa trinchera han cambiado, se han adaptado y valientemente no dieron la lucha por perdida. Pero lamentablemente el problema no solo persiste, sino que se ha agrandado considerablemente. Las redes sociales, y esto no es un ataque a esos canales de comunicación, se han convertido en un altavoz que pone en el mismo nivel argumentativo al que realiza un estudio crítico como al que se deja asesorar por la primera opinión encontrada en la vasta red.

Imagen de Peter Ustinov en Quo Vadis? (Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

Acompañar a un producto con la palabra Historia, al parecer, provee de argumentos suficientes al relato contado para que sea tomado como estudio consecuencia del matiz empírico que aporta la ciencia. Beneficiarse de un término para arrogarse décadas de historiografía, del sosiego que aporta el análisis contrastado por otros historiadores o la corrección que acaba aportando el pasar del tiempo no puede dar lugar más que a la confusión o al engaño.

Desde las ciencias experimentales fue Hugo Gernsback, quien en 1926 acuñó el término ciencia-ficción o al menos puso un peldaño importante hacia la diferenciación entre ciencia y ficción. Nos puede parece superficial, pero todo empieza por una definición, por ponerle nombre a las cosas y es que resulta imprescindible proporcionar un contexto que ponga sobre aviso al lector. La prueba irrefutable de esto nos la mostró de forma plausible Orson Wells con su ya famosa retransmisión radiofónica de La Guerra de los Mundos. La fe ciega por parte del oyente en los medios y otorgar veracidad a un relato cuyo género previamente no ha sido puesto en contexto provocó una estampa realmente grotesca. La dramatización de la novela escritor H. G. Wells, escuchada por unos doce millones de personas, hizo que muchos entrasen en pánico creyendo que nuestro planeta era víctima de una invasión extraterrestre.

Una vez más, la ausencia de contexto sumado a un emisor cuyo crédito no se pone en duda transmite una idea absolutamente errónea y de realidad ficticia. Desde la ciencias experimentales se ha hecho un esfuerzo enorme por no solo transmitir una divulgación de calidad sino por explicar el método científico y que el interesado sepa de qué modo se han llegado a determinadas conclusiones. Series documentales como Cosmos de Carl Sagan emprendieron un camino hacia la divulgación de calidad, donde, como decimos, el espectador no solo asume un contenido sino también el modo de discernir un mensaje sustentado en la ciencia y experimentación, de la mera especulación. Este paso resulta enormemente importante a la hora de definir también un género literario que en absoluto trata de resultar una vía alternativa a la explicación científica.

En el terreno de la mal llamada novela histórica desde la propia etiqueta se induce al error, haciendo creer que necesariamente tras lo escrito hay un estudio con todo el rigor histórico. De ahí la importancia de la etiqueta, y es que en el terreno de la ciencia a ningún escritor de ciencia-ficción se le ocurre etiquetar sus escritos como ensayo científico o novela científica. Por supuesto esto no es un ataque al escritor de novela histórica, puesto que en muchos casos no se pretenderá dar una lección de Historia o tratar de realizar una tesis con el título publicado, sino un producto de entretenimiento dibujado sobre un trasfondo histórico.

Por este motivo, empezar por poner la etiqueta correcta a los productos es absolutamente fundamental: no llevará al lector a un error de interpretación y no pondrá al escritor el brete de tener que justificar sus decisiones narrativas ante un tribunal científico. El término Historia Ficción, al igual que sucede con la Ciencia-Ficción, eliminaría el peso de tener que justificar la veracidad o no de las decisiones tomadas en pos de la narrativa; tener en posición defensiva a todos aquellos historiadores que con cada publicación sufren por los posibles estereotipos o acontecimientos incorrectos que puedan ser aceptados como algo científicamente aceptado; y, probablemente lo que consideramos más importante, que el lector sepa en todo momento el marco narrativo en el que se encuentra y la veracidad que pueda otorgar a lo que está leyendo.